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En mi opinión

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¿Quién es Natalie Harp, la asistente de Trump que ha encendido las alarmas en el Servicio Secreto?

Hay una pregunta que importa más que el chisme de Washington, y es esta: en la Casa Blanca de 2026, ¿quién decide qué lee el presidente de Estados Unidos antes de que él decida qué piensa al respecto? La respuesta, cada vez con más frecuencia, tiene nombre y apellido: Natalie Harp.

Harp, de 35 años, es asistente ejecutiva y asistente especial del presidente desde enero de 2025. Antes de eso fue presentadora en One America News Network entre 2020 y 2022, y antes de eso, una historia de superación: en 2019 le atribuyó públicamente a una ley de “derecho a intentar” firmada por Trump el haberle dado acceso a tratamientos experimentales contra un cáncer óseo. Esa historia la llevó a la convención republicana de 2020, y de ahí a la campaña de 2022, donde se ganó el apodo de “la impresora humana” por cargar una impresora portátil para entregarle a Trump artículos impresos, su formato de lectura preferido.

Ese apodo suena casi entrañable. Lo que ha pasado desde entonces, no tanto.

El acceso

Harp está en reuniones del Despacho Oval. Viaja con el presidente casi todos los días. Y forma parte de un grupo reducido de personas con acceso directo a su cuenta de Truth Social, la plataforma desde la que Trump anuncia políticas, ataca rivales y mueve mercados con un solo post. Según el Wall Street Journal, el proceso funciona así: Harp compila publicaciones de aliados, memes y contenido que refuerza narrativas que le gustan al presidente, se lo imprime, él lo aprueba a mano y ella lo publica, muchas veces de madrugada.

El problema, según el mismo diario, es que esos borradores no siempre pasan por la jefatura de gabinete, por el equipo de comunicaciones ni por funcionarios de seguridad nacional antes de salir al público. Y esto no es hipotético. TIME reportó que Harp fue quien presionó “enviar” en mensajes furiosos que Trump le dictó contra el donante republicano Miriam Adelson en 2024, mensajes que estuvieron a punto de costarle su respaldo. El mismo reporte señala que fue ella quien transcribió una serie de publicaciones que Trump dictó furioso contra la escritora E. Jean Carroll. Dos ejemplos concretos de lo que pasa cuando no hay nadie entre el impulso del presidente y el botón de publicar.

Las cartas

Aquí es donde el perfil se vuelve incómodo, y lo digo así porque me incomoda escribirlo. Según el libro Regime Change, de los periodistas del New York Times Maggie Haberman y Jonathan Swan, Harp le escribió a Trump una serie de cartas personales durante la campaña de 2024, algunas dejadas en sus espacios privados. Una decía, según los autores, “you are all that matters to me”. Otras hablaban de nunca decepcionarlo, de traerle alegría. El propio Swan ha dicho públicamente que el Servicio Secreto se alarmó por esas cartas, y que incluso Susie Wiles, hoy jefa de gabinete, quedó desconcertada al enterarse.

El periodista Michael Wolff, en su libro All or Nothing, fue más lejos: reportó que el Servicio Secreto llegó a advertir internamente que Harp representaba, como consideración de seguridad, un riesgo tanto para sí misma como para el propio presidente. Esa evaluación específica no ha sido confirmada públicamente por la agencia, y es importante decirlo así de claro: es lo que reporta un autor, con sus fuentes, no una declaración oficial del Servicio Secreto.

Trump, según el propio Wolff, descartó la preocupación con una frase: ella simplemente quiere a su presidente.

El vuelo de Turquía

En julio, durante la cumbre de la OTAN en Turquía, inteligencia estadounidense detectó una posible amenaza de misil contra el avión presidencial. El Servicio Secreto ejecutó un plan de sustitución: sacó a Trump del avión en un camión de catering y lo trasladó a otra aeronave, una C-32A que ya operaba el secretario de Defensa Pete Hegseth. Los únicos asesores trasladados junto a él fueron Harp, el subjefe de gabinete Dan Scavino y el director de operaciones del Despacho Oval Walt Nauta. Mientras tanto, el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario del Tesoro Scott Bessent y el subjefe de gabinete Stephen Miller se quedaron en el avión señuelo, junto con el cuerpo de prensa.

Fue el senador demócrata Jon Ossoff quien puso el nombre de Harp en el centro del debate público semanas después, al señalar en un mitin que el presidente prefería viajar con ella antes que ocuparse de su trabajo. Trump respondió comparando a Ossoff con un actor conocido por su apariencia particular. Ninguno de los dos habló del fondo del asunto: por qué, en una decisión de seguridad nacional bajo amenaza real, el criterio para decidir quién viaja con el presidente parece incluir la cercanía personal, no solamente la cadena de mando institucional.

Lo que esto realmente pregunta

No creo que este perfil sea sobre si Natalie Harp quiere o no quiere a su presidente. Eso es lo de menos, y honestamente, no me corresponde juzgarlo. Lo que sí me parece que merece la indignación de cualquiera que le importe cómo se gobierna este país es otra cosa: que el filtro entre un impulso presidencial y una declaración oficial de Estados Unidos, la que mueve mercados, la que puede escalar un conflicto, dependa cada vez más de la lealtad personal de una sola persona, y cada vez menos de un proceso institucional con nombre, cargo y responsabilidad clara.

Eso no es un problema de Natalie Harp. Es un problema de diseño. Y los problemas de diseño, a diferencia de los rumores de pasillo, sí tienen consecuencias reales.

¿Ustedes qué creen, #BelloNation? Los leo.

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